Consciente de que la moda imperante en la política no es ir contra el sistema autonómico, no me voy a dejar llevar por un radicalismo que en nada es positivo, creo en la necesidad de las autonomías pero no en el estado en que se encuentran. Viví los comienzos en Catalunya, también las transferencias desde la Secretaría de Estado de Admón. Territorial en Madrid y vivo el absurdo de una comunidad autonómica, la madrileña, a la que aún no he encontrado sentido y no veo qué la distingue de otras muchas provincias castellanas como para tener entidad de autonomía.
Sufro, como tantos conciudadanos, los resultados de lo que nosotros hemos elegido y que tiene todas las trazas de un continuismo tan peligrosamente liberal que nadie puede aventurar lo que nos va a quedar, realmente nuestro, cuando Aguirre haya terminado con las “rebajas”.
Bajo mi visión de ciudadano me pregunto cómo se pueden sentir determinados líderes cuando machacan al gobierno central manipulando los votos haciendo leña del árbol caído de la economía. No creo que, como me decían compañeros de hace muchos años, en la guerra y en la política todo esté permitido. Que existe mucho juego sucio es indudable, entra dentro de las reglas, pero la ausencia total de ética y el descaro más absoluto resulta demasiado.





